La retirada

La certeza de que el número de milicianas era cuantitativamente inferior al de milicianos es un hecho del que hay constancia, inequívocamente el trabajo acometido por las mujeres republicanas se realizó mayormente en la retaguardia. No era infrecuente que  las milicianas que acudieron al frente se encontraran a sí mismas ante una situación de inferioridad con respecto a sus colegas masculinos, al ser superadas en número, la camaradería entre ellos era eso, exclusivamente entre ellos. Ser Republicano no era excluyente de machismo, el discurso feminista no era inherente a la ideología libertaria o de izquierdas, afirmación denunciada por algunas milicianas como Concha Pérez Collado, que admitió ser muy consciente de  que el machismo pervivía  en el frente , así como reconocer su  capacidad para defenderse de cualquier posible afrenta de índole misógina.

miliciana cartel

La propaganda de reclutamiento femenino estaba plagada de estereotipos. Todas las milicianas de los carteles eran féminas jóvenes, bien parecidas, además de muy valientes y subversivas.  La propaganda representando a la miliciana en su mono azul, con el cabello cuidadosamente peinado, sus labios coloreados en rojo y blandiendo un fusil constituyó una de las primeras representaciones de lo que en los 80 del pasado siglo, conoceríamos como la Súper Mujer. No obstante, esta propaganda estaba dirigida al hombre en un principio, a despertar su espíritu de lucha y competitividad, pues si las mujeres iban al frente, el hombre no iba a ser menos, básicamente consistía en espolear y despertar las conciencias de estos hombres.  Finalmente, el  mecanismo propagandístico sobrepaso el objetivo que se había marcado y muchas se alistaron con la esperanza de hacer una revolución en todos los ámbitos sociales, no soslayando la igualdad de género. Igualdad, que no feminismo o lucha por la conquista de los derechos de las mujeres. Se antoja curioso, pero no había ningún sindicato o partido político que articulara un discurso feminista, aunque  se promulgaba  la no división de roles de género durante el conflicto.

 

Como si se tratara de un  presagio de cómo se iría replegando el Ejército Popular, comenzó a gestarse una campaña de desprestigio enfocada en la figura de la miliciana. La llama de la libertad femenina se debilitaba, el reconocimiento social y  la lucha  por los derechos de la mujer retrocedían. La retirada de la mujer miliciana  de los  frentes de combate, anunciada por Largo Caballero a finales de 1936, fue una incongruencia con la inicial postura libertaria del Gobierno de la República. Las organizaciones creadas por partidos políticos, que aglutinaban mujeres en su seno para combatir el fascismo, se encontraban subyugadas en última instancia a la arbitrariedad del Gobierno Republicano y acataron y respaldaron la orden de retirada. La AMA, nacida con el nombre de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, aspiraba a movilizar a las ciudadanas en contra del Fascismo, amparando a mujeres de diferentes ideologías afines, sin embargo acató sin titubeos el anuncio de Largo Caballero. Incluso Dolores Ibárruri, elogiaba el heroísmo maternal de las mujeres que emprendieron la lucha armada, ya fuera para ayudar a sus hermanos, padres, parejas o incluso a sus propios hijos. Sin embargo, argumentaron bajo la premisa de  la supuesta naturaleza no violenta del género femenino, que la mujer debía desarrollar su genuino y primigenio papel en la sociedad patriarcal.

Lamentablemente,  incluso las anarquistas, agrupadas en torno a la Federación Mujeres Libres, que  habían abogado por las libertades femeninas, defendiendo su plena capacidad como individuos autónomos, siempre dentro del ámbito de la revolución, defendieron el axiomático papel femenino propuesto. La mujer debía volver a ser una verdadera mujer, hacer uso de su delicadeza e instinto de protección  en el cuidado de enfermos y milicianos heridos que lucharon arriesgando su vida para conseguir una sociedad mejor para mujeres e hijos.

miliciana venerea

No contentos con las nuevas premisas promulgadas por los partidos y organizaciones libertarias, lo que dio el toque de gracia al heroico papel desarrollado con ahínco y entusiasmo por la miliciana, fue la propagación del malicioso y ladino rumor acusando a las milicianas de robar las “energías de la castidad” muy necesarias para el combatiente, así como la transmisión  de enfermedades venéreas. Se infiere que acusaban a la miliciana  de haber utilizado el sexo para minar a sus camaradas.

Bien es cierto que prostitutas formaron parte de la milicia, así como campesinas u obreras sin más recurso que el ponerse en pie y defender la República. Fue un argumento sin fundamento y malintencionado para humillar a la miliciana, para crear un enfrentamiento interno, para sembrar la duda de su honestidad entre familiares y conocidos y condenar a la mujer en general. Se volvió a utilizar la sexualidad femenina como un arma contra su propietaria. Tan categórico como infundado discurso dañó irreversiblemente la percepción de la mujer en el frente: una sociedad con un inveterado machismo y profundamente enraizado catolicismo difícilmente  toleraría la liberación sexual femenina, esas  mujeres no eran merecedoras de su lugar en la historia y debían regresar con la mayor celeridad a las actividades propias de su sexo. En realidad el sexo en el frente no era más que un reflejo de la vida cotidiana, convivían y compartían espacio, que hubiera relaciones afectivas o sexuales no era, por ende, nada extraordinario. Una vez más se demonizaba a la mujer. Pero  nadie osó a  cuestionarse que de igual manera, los propios milicianos podían estar  contagiando  a sus compañeras.

 

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